Desde afuera, Carlota observa la escena sin parpadear. Su cuerpo está inmóvil, pero su mente corre a toda velocidad. Reconoce el patrón con una precisión que le duele. Ha visto esa oscilación antes. Ese vaivén peligroso entre la aceptación y el estallido, entre la negociación y la violencia absoluta. –Está dudando –dice en voz baja, como si temiera romper algo invisible.
–Es ahora o nunca –responde Carlos, sin apartar la vista del monitor.
Dentro de la casa, Kate se detiene de golpe. El silencio se vuelve insoportable. El bebé se mueve apenas en sus brazos. Kate alza la cabeza. –Está bien –dice finalmente.
Liam siente cómo algo se le afloja en el pecho, pero no se permite celebrarlo. No todavía.
–Pero escúchame bien –continúa Kate, levantando la mirada. Sus ojos están brillantes, enrojecidos, desbordados de algo que ya no es solo miedo. – Escúchame bien.
Da un paso hacia él. Su voz baja hasta volverse casi un susurro. No es una súplica. No es una advertencia vacía. Es una amenaz