Una vez afuera, Liam la sostiene unos segundos más en sus brazos, con la respiración entrecortada, como si el solo hecho de soltarla pudiera significar perderla para siempre. Sus manos tiemblan, no se sabe si de furia contenida o de un miedo más profundo, más íntimo. La noche los envuelve con un silencio húmedo, apenas interrumpido por el sonido lejano de la ciudad que parece indiferente a la tragedia que se cuece entre ellos. Finalmente, como si se arrancara un pedazo de sí mismo, Liam la deja