Amara despierta con la sensación inmediata de que algo está mal, no como un pensamiento claro sino como un vacío físico, una ausencia que le golpea el pecho antes incluso de abrir los ojos, y durante unos segundos permanece inmóvil, tratando de ordenar el cuerpo, el dolor persistente entre las piernas, el cansancio brutal que le pesa en cada músculo, el recuerdo fragmentado del parto, del llanto, del alivio, de los brazos de Liam cerca, demasiado cerca como para no notarlo ahora.
Abre los ojos.
La habitación está en silencio.
No es el silencio tranquilo de la madrugada ni el silencio expectante que suele rodear a los recién nacidos cuando duermen; es un silencio muerto, pesado, que no respira, que no se mueve con ella. El aire está frío. Demasiado frío. La luz que entra por la ventana es pálida, gris, señal inequívoca de que ya no es de noche.
Amara intenta moverse y un dolor agudo la atraviesa, recordándole con violencia lo que acaba de pasar su cuerpo, pero el dolor no es lo que la