El amanecer se cuela tímido por los bordes de las cortinas. Cristóbal abre los ojos con el cuerpo entumecido y la mente envuelta en una bruma espesa de remordimiento. La habitación aún conserva el aroma de Úrsula, de su piel, de su entrega. El desorden de las sábanas es testigo mudo de lo que ocurrió allí, una y otra vez, sin freno ni conciencia.
Úrsula duerme a su lado, con el rostro tranquilo, pero él sabe que bajo esa serenidad aparente se esconde un abismo que él mismo ha provocado. Él se