El caos en la catedral se transforma en un silencio sepulcral que solo es roto por el llanto ahogado de los invitados y el chirrido de las esposas cerrándose sobre las muñecas de Jean Pol. El cuerpo de Jennifer yace inmóvil sobre el frío mármol del altar, con los ojos vidriosos fijos en un punto inexistente del techo, mientras una mancha carmesí se extiende con una lentitud aterradora sobre su vestido de diseñador, confirmando que el precio de la redención ha sido su propia vida.
Los agentes