Carlos se inclina hacia adelante. –Mi hija cree en ti –dice, sin apartar la mirada. –Te ama. Cree que eres un hombre honorable, alguien que la va a cuidar… y proteger. Pero yo, Cristóbal… yo sé leer los ojos. Y los tuyos no me mienten.
Cristóbal siente cómo se le hiela la sangre. Baja la mirada. No puede sostenerla, no puede sostener nada. La culpa lo corroe desde adentro, como una marea oscura que lo arrastra hacia lo más profundo de sí mismo. Ama a Amara, sí. Pero después de acostarse con Ú