Ambos alcanzan el clímax como si sus cuerpos se rompieran y se reconstruyeran al mismo tiempo. Sus gemidos quedan flotando en el aire, como ecos de una tormenta íntima que acababa de arrasarlos. El sudor brilla en sus pieles entrelazadas, y por unos segundos, todo se vuelve silencio. El mundo exterior deja de existir.
Cristóbal se deja caer hacia el lado derecho de la cama, exhausto, con la respiración descontrolada, el pecho subiendo y bajando con fuerza. Úrsula, aún temblando, apoya la cabez