La noche parecía tragarse la ciudad, y cada farol que pasaba a toda velocidad por el parabrisas era un latido más en el pecho de Cristóbal. Sus manos temblaban en el volante. La respiración de Úrsula era débil, apenas perceptible, y su cuerpo colgaba de su asiento como si la vida se le escapara gota a gota.
El chirrido de las ruedas al detenerse fue apenas audible comparado con los gritos desesperados de Cristóbal. Al llegar a la clínica, saltó fuera del coche como si el tiempo se estuviera de