El galpón respira como un animal viejo: láminas de zinc que crujen, cables colgando como nervios, un ventilador oxidado que gira lento y reparte el olor a aceite quemado con paciencia de verdugo. Afuera, la lluvia golpea las chapas con dedos apurados. Adentro, Kate sienta al silencio frente a ella como a un prisionero.
Extiende sobre la mesa un mantel de lona verde. Encima, ordena reliquias que solo ella reconoce: una chapa militar raspada, un mechón de hilo rojo, una bala sin fulminante, una f