La habitación del hotel está en silencio por primera vez en toda la noche, un silencio espeso, casi incómodo, como si las paredes también estuvieran cansadas de sostener tanto ruido emocional acumulado durante horas, discusiones, miradas evitadas, palabras mal dichas o directamente no dichas, y Amara está sentada en el borde de la cama con la espalda apenas encorvada, los hombros caídos, los brazos descansando sin fuerza sobre sus muslos, mirando a los bebés dormir en sus cunas portátiles como