–¡Carajo! –ruge Carlos, golpeando la puerta al volver a su despacho. Su respiración es agitada, la rabia sube como lava por su garganta. Se deja caer en su sillón de cuero, apoya los codos en el escritorio y se frota el rostro con ambas manos. Cuando vuelve a levantar la mirada, su voz es un filo contenido. – Dime que al menos encontraste algo de Kate.
–Antes de hablarle de ella, señor, necesito que escuche esto –dice con cuidado, pero con urgencia. – Apareció un nuevo nombre en la lista cruz