Por otro lado, Carlota alisa con meticulosidad el legajo que sostiene bajo el brazo, un archivador gris sin marca, neutro, capaz de albergar dinamita burocrática sin levantar sospechas. Se sienta frente a él, cruza la pierna y clava la mirada en su jefe con un brillo de anticipación: disfruta cada segundo de saberse portadora de secretos capaces de desmembrar imperios.
–Empecemos por el primero en la lista –dice, abriendo el dossier. Su voz, suave y precisa, resuena como bisturí recién afilado