En el interior del auto, la carretera avanza veloz frente a ellos como una lengua de asfalto interminable. Úrsula lleva las manos temblorosas sobre el celular. Mira la pantalla: Cristóbal. Vuelve a marcar. Una vez. Dos. Tres. La cuarta llamada entra. –¿Qué sucede? –responde él al fin, con voz ronca, todavía entre el sueño y la alarma.
–¡Nos descubrieron, maldita sea! –sisea Úrsula, conteniendo el pánico mientras gira la cabeza para asegurarse de que nadie los siga. – Carlota encontró todo. Las