Liam cierra los ojos apenas un instante. Parte de él sabe que aceptar es abrir una puerta que no quiere volver a cruzar, pero otra parte, más racional y orgullosa, se niega a parecer alguien que huye. –Está bien –dice al fin. – Hoy no, mañana
Jean Pol asiente, aunque Liam no pueda verlo. –Mañana está bien. Te agradezco la disposición.
Cuelgan, y el silencio que queda es pesado, cargado de pensamientos que Liam no logra ordenar. Se queda mirando el teléfono unos segundos más, como si esperara que volviera a sonar, pero no sucede. Sin embargo, el malestar no se disipa; por el contrario, crece, se expande, se instala en su pecho como una presión constante.
Esa incomodidad lo acompaña durante todo el camino de regreso a casa. Conduce sin música, concentrado apenas en el tráfico, porque cada semáforo, cada calle conocida, le recuerda que ese hogar que está a punto de reencontrar debería ser un refugio, no un campo de batalla, y aun así presiente que la conversación pendiente con Amara