Al día siguiente amanece gris, con un cielo bajo que parece aplastar la ciudad y acompañar el peso que Liam lleva en el pecho desde que salió de la casa dando un portazo, dejando atrás a Amara rota, llorando, sola entre las paredes que todavía conservan el eco de una discusión que ninguno de los dos supo cerrar. No durmió casi nada. Pasó la noche dando vueltas, repasando cada frase dicha, cada acusación lanzada con rabia, preguntándose en qué punto el amor empezó a mezclarse con el miedo, cuándo dejó de sentirse compañero para empezar a sentirse un estorbo en la vida de una mujer que siempre parece avanzar más rápido que él.
Cuando se levanta, el cansancio es físico, pero la tensión es emocional. Se ducha sin pensar demasiado, se viste con movimientos automáticos y, antes de salir, revisa el teléfono por puro impulso. No hay mensajes de Amara. Ese silencio duele más que cualquier reproche, porque confirma que la herida sigue abierta, sangrando sin que ninguno se atreva a tocarla.
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