Él se recuesta en la silla y, por primera vez desde que entró, deja que el enojo asome sin filtros.
–Después de todo lo que compartimos –dice. – Después de que yo estuve ahí cuando estabas sola, expuesta, confundida… cuando tu marido aparecía en todos los medios por un supuesto amorío con su jefa, ¿igual vas a priorizarlo a él?
La frase cae pesada, como un golpe seco.
Amara siente un nudo cerrarle el estómago, pero se obliga a no retroceder.
–No digas eso –responde, con la voz tensa. – No fue así, y lo sabés.
–Yo fui tu apoyo cuando dudabas de todo –insiste Jean Pol. – Cuando no sabías si tu matrimonio tenía arreglo. Y ahora cualquier movimiento tiene que pasar primero por lo que él sienta.
Amara se endereza, molesta, herida, pero firme.
–No trivialices lo que pasó –dice. – Ni lo que siento. Y no mezcles las cosas de esa manera.
–No las estoy mezclando –replica él. – Estoy señalando un patrón: cuando se trata de Liam, siempre retrocedés.
Ella respira hondo antes de responder, como si