El avión desciende sobre Milán cuando el amanecer todavía no termina de instalarse. La luz es pálida, casi indecisa, como si la ciudad dudara antes de mostrarse por completo. Desde arriba, las calles parecen venas que empiezan a latir después de una noche demasiado larga. Nada en ese paisaje anuncia el impacto que está a punto de producirse.
Para Liam, ese descenso no es solo un trámite aéreo. Es una transición violenta. El cuerpo está ahí, sujeto al cinturón, pero la mente sigue atrapada en imágenes que se repiten sin permiso: una casa rodeada de policías, el olor a pólvora, el grito ahogado de Amara, la sangre extendiéndose sobre el suelo. Volver no significa sanar. Volver significa enfrentarse a todo lo que quedó inconcluso.
Amara sostiene a uno de los bebés dormido sobre su pecho. Su respiración es lenta, regular, como si el cuerpo pequeño ignorara por completo el peso de la historia que lo rodea. El otro descansa en brazos de Sophie, que lo mira con una atención casi obsesiva, co