Una Semana después
Amara no recuerda en qué momento exacto empezó a sentirse dividida.
No fue el día del rescate.
No fue el regreso a Milán.
Ni siquiera fue la primera vez que cruzó las puertas de Laveau Group con un bebé en brazos y el apellido pesándole como una herencia imposible de soltar.
La fractura no ocurrió de golpe. Fue lenta. Silenciosa. Se instaló como una grieta diminuta que nadie ve hasta que el edificio empieza a crujir.
La mañana comienza antes del amanecer.
Uno de los bebés llora. No es un llanto desesperado, sino ese sonido intermitente, irregular, que anuncia hambre, incomodidad, necesidad. Amara abre los ojos de inmediato. No importa cuán cansada esté; su cuerpo responde antes que su mente. Se incorpora despacio, tratando de no despertar al otro niño, que duerme atravesado sobre la cuna como si el mundo todavía fuera un lugar seguro.
Liam se mueve a su lado. No abre los ojos, pero estira una mano, torpe, automática, buscándola.
–Ya voy –susurra ella, aunque él n