La puerta cede con un golpe seco.
El ingreso policial es inmediato, coordinado, contundente. No hay vacilación ni margen para errores. Los agentes irrumpen en la casa con armas en alto, voces firmes, protocolos que se activan como reflejos aprendidos. El aire se llena de órdenes cortas, de pasos apresurados, del sonido metálico de equipos chocando entre sí. Todo ocurre rápido, pero para Liam el tiempo se estira de una manera cruel, casi insoportable.
–¡Policía! ¡Suéltenla! ¡Al suelo!
Liam apenas escucha. Está de rodillas, sosteniendo a Kate contra su pecho. Siente el calor de su cuerpo mezclado con la humedad espesa de la sangre que no deja de brotar, que empapa su ropa, que se filtra entre sus dedos aunque intente presionar la herida con desesperación. Sus manos tiemblan. Su respiración es errática. La realidad llega fragmentada, como si su mente se negara a procesar lo que está ocurriendo.
–¡Liam! –grita alguien. – ¡Tienes que soltarla!
No quiere, no puede.
Kate está cada vez más p