La puerta cede con un golpe seco.
El ingreso policial es inmediato, coordinado, contundente. No hay vacilación ni margen para errores. Los agentes irrumpen en la casa con armas en alto, voces firmes, protocolos que se activan como reflejos aprendidos. El aire se llena de órdenes cortas, de pasos apresurados, del sonido metálico de equipos chocando entre sí. Todo ocurre rápido, pero para Liam el tiempo se estira de una manera cruel, casi insoportable.
–¡Policía! ¡Suéltenla! ¡Al suelo!
Liam apena