Una semana después
Narra Jean Pol
Salgo del edificio de Modas Laveau con la misma sonrisa con la que entré esa mañana, esa que aprendí a usar cuando entendí que el verdadero poder no necesita exhibirse, solo insinuarse, y camino unos metros sin apuro, dejando que el ruido de la ciudad termine de acomodar lo que ya quedó claro en mi cabeza, porque Amara cree que ha puesto condiciones, cree que ha trazado límites precisos, cree incluso que ha tomado una decisión racional y controlada, cuando en realidad acaba de aceptar sentarse en un tablero que yo diseñé hace años, mucho antes de que ella se convenciera de que el amor podía ser una estructura estable y no una distracción peligrosa.
No me apresuro. Nunca lo hago cuando el movimiento ya está hecho.
Me detengo junto al auto, apoyo una mano en el techo y dejo que la sonrisa se relaje apenas, porque hay algo profundamente satisfactorio en comprobar que una mujer tan inteligente como Amara sigue reaccionando exactamente como siempre supe q