Al día siguiente, Liam sale de la mansión antes de que Amara despierte del todo, no por falta de amor ni por deseo de huida, sino porque todavía carga con una sensación extraña en el pecho, una presión silenciosa que no se disipa con el aire frío de la mañana ni con el movimiento automático de preparar café, ponerse el abrigo y tomar las llaves, una mezcla incómoda de cansancio, culpa y una determinación que aún no logra definir, y prefiere irse sin decir nada porque sabe que cualquier palabra pronunciada sin haber ordenado antes sus pensamientos podría abrir grietas donde apenas hay cicatrices cerrándose con esfuerzo.
La observa unos segundos antes de salir, tendida entre las sábanas, con el cabello desordenado y el gesto relajado de quien duerme sin sospechar nada, y ese instante le provoca una punzada de ternura y responsabilidad que lo obliga a apartar la mirada, porque Amara no merece silencios confusos ni explicaciones a medias, pero tampoco merece verdades pronunciadas desde un