El trabajo termina sin ceremonias, sin palabras de más, sin ningún gesto que delate lo que realmente quedó flotando entre ellos, porque Liam se limita a cumplir con cada indicación, acompaña a Astrid a las reuniones necesarias, permanece atento, distante, profesional, como si ese beso no hubiera existido nunca, como si no hubiera cruzado una frontera que ahora le pesa en el pecho con una culpa sorda y persistente.
Cuando finalmente salen del edificio y se detienen frente al auto, el silencio es