El murmullo lejano de los periodistas aún se filtra por las ventanas cerradas. El aire huele a café frío y papeles viejos. La puerta de la oficina se abre con un chirrido suave. Amara entra, aún agitada, con la respiración entrecortada y el corazón golpeando contra sus costillas como un tambor de guerra.
Liam la sigue de cerca, atento a cada paso que da y la observa con ojos encendidos por la preocupación. –Amara… –murmura, apenas la puerta se cierra–.Tranquila, tu no tuviste la culpa de nada