Nikolás sintió que algo no estaba bien desde el momento en que cruzó la entrada del hospital. No era una sensación física, sino algo más sutil, casi incómodo, como una corriente invisible que lo rozaba a cada paso. Caminó por el pasillo principal con la misma seguridad de siempre, pero no tardó en notar las miradas.
Había demasiados ojos sobre él.
Enfermeras que fingían revisar carpetas, camilleros que bajaban la voz cuando pasaba cerca, médicos que se detenían a mitad de una conversación apena