El acto definitivo

Agnes despertó antes de que sonara la alarma. No había tenido sueños inquietos ni insomnio; al contrario, había dormido con una calma extraña, casi sospechosa. Abrió los ojos y permaneció unos segundos mirando el techo, escuchando el silencio de la casa. Fue entonces cuando lo comprendió con claridad absoluta: ya no había dudas.

No sintió tristeza en ese instante. Tampoco alivio. Sintió algo más frío y más firme: determinación.

Se levantó sin prisa, se duchó, eligió su ropa con el mismo cuidado
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