Ares cerró la puerta de su oficina con más fuerza de la necesaria.
No había sido un portazo, pero sí una descarga. El sonido seco rebotó contra las paredes como una bofetada muda antes de extinguirse. Se quedó de pie frente al escritorio, con la carpeta aún cerrada entre las manos, apretándola con los dedos como si quisiera quebrarla.
Los papeles del divorcio.
Llevaban allí desde la mañana, intactos, provocándolo. No porque ignorara su contenido, sino porque abrirlos significaba aceptar algo qu