No podía creer que Ares fuera tan descarado como para enviarme esos regalos. ¿Acaso se le había olvidado que el día anterior lo había echado de la casa? ¿O pensaba que con un ramo de rosas iba a convencerme? Estaba muy equivocado si creía que caería con algo así.
Eso era lo que pensaba Agnes, aunque no pude evitar comer las frutas que habían llegado junto con el arreglo. Y es que, para su desgracia, ese hombre siempre sabía exactamente lo que le apetecía. Acertaba incluso cuando estaba molesta