Denayt.
Después de lo que pasó, decidí que no tenía por qué importarme.
Antibes y Èze parecían irreales. Estaba enamorada de ese lugar. Aproveché al máximo las calles de piedra, las buganvilias cayendo, el mar y ese color hermoso. Caminaba despacio, absorbiendo todo, tenía que sacar algo bueno del crucero.
El caballero de hielo había creado un muro nuevo. Más pulido. Más cruel.
Cada vez que me detenía a mirar una tienda, una vista o una tontería turística, lo sentía acercarse lo justo para