La noche de bodas se supone es uno de los mejores momentos que se viven en pareja. Cualquiera en mi lugar estaría feliz, sin embargo la noche de bodas me la pasé llorando en el baño de un penthouse en Moscú y el resto de la luna de miel… bueno, más de lo mismo.
Lloraba con el alma rota, haciendo un esfuerzo sobrenatural para no vomitar, es que el vacío que sentía en el pecho me aplastaba. En el día…
tenía que actuar, fingir ser la señora Sinclair: feliz y enamorada. Entre más cerca lo tenía más lo despreciaba. Él me llevaba de un lado a otro, no sé si para distraerme o para mantener las apariencias, quizás para castigarme. Era imposible descifrar al caballero de hielo.
Moscú era otra historia.
Era imposible no sentir algo cuando esa ciudad te tragaba con su magia, aunque yo estuviera en guerra conmigo misma.
Porque mientras lo odiaba; a Vincent, a todo eso. También me quedaba deslumbrada con todo lo que él me enseñaba. Y eso solo hacía que mi rabia creciera más.
Primero me llevó a