Dos meses después…
En esos dos meses había sentido ganas de renunciar, al menos unas cinco veces al día. A veces hasta diez. El primer mes lloré, para el segundo ya no sabía ni cómo me llamaba.
Leer una sola palabra me parecía como escalar una montaña. Y escribir… bueno, escribir era otra pesadilla. Mis manos temblaban cada vez que sostenía el lápiz. No entendí por qué Vincent me regaló ese cuaderno y bolígrafo; una señal de tortura. Con el tiempo comprendí que eran armas. Armas contra la i