Sus labios se acercaron, su mano ascendió por mi pecho con un toque provocador.
—Estoy aquí, dispuesta a ser lo que quieras, tu complemento perfecto.
La miré. No moví ni un músculo. Dejé que hablara, que jugara su carta.
—¿Terminaste? —pregunté, con voz baja y segura.
Ella sonrió, pero esa sonrisa ya no tenía la misma astucia. En sus ojos, por primera vez, apareció algo que no conocía: duda. Movió su cabello, su perfume se hizo más fuerte invadiendo mi espacio, pero ya no tenía ningún efect