Denayt.
Una vez más frente a la caja metálica que él llamaba elevador, mis piernas temblaban. No quería repetirlo.
Me detuve. Di un paso atrás. El corazón me latía con fuerza, como si quisiera huir antes que yo. Mis manos sudaban, mi estómago se revolvía.
Vincent se giró. Su rostro se veía distinto bajo la luz tenue del pasillo. Tenía las pupilas dilatadas por el alcohol, los labios tensos… y esa mirada de siempre, dura como el acero. Aún así caminaba más derecho que yo. Ni siquiera con tragos encima perdía elegancia.
¿Será humano?
Me pregunté, tratando de alejar mis pensamientos aterrados por esa caja llamada elevador.
—¿Otra vez con esa cara? —preguntó con ese tono que no sabía si era sarcasmo o molestia.
No respondí. Bajé la mirada.
Es la única cara que tengo; respondí en mi cabeza.
Suspiró. Se acercó. Una mano firme me tomó del brazo, sin apretar, solo guiándome.
Me tensé, instintivamente lo miré a los ojos. Olvidé cómo respirar.
Pensé que iba a regañarme, gritar, o estrellar