El club Onyx era un refugio de sombras y terciopelo, un lugar donde la élite de la ciudad compraba discreción a precio de oro. En el reservado más exclusivo, Nicolás Valente observaba el líquido ámbar en su vaso de cristal tallado. El hielo tintineaba suavemente, marcando el ritmo de su impaciencia.
Frente a él, Marcos revisaba una tablet con el ceño fruncido. La música del local llegaba amortiguada, un bajo constante que vibraba en el pecho, pero el silencio entre los dos hombres era más pesad