MARCO
Cassandra entró lentamente, mis ojos fijos en el vaivén de sus caderas mientras se acercaba a mi escritorio. Sin pedir permiso, jaló la silla y se sentó frente a mí.
Crucé los brazos. —No te pedí que te sentaras. Ni te invité a pasar.
Al principio no hubo respuesta; solo se quedó mirando. Algo en ella se sentía diferente… su semblante estaba inusualmente tranquilo y no se apresuraba a hablar.
Cassandra se inclinó más cerca, con los ojos clavados en los míos. —No estoy aquí para pelear, M