Yo no podía ser silenciosa; era imposible para mí. Lo único que podía hacer para contener mis gritos, era apretar los dientes hasta que me dolían las encías. Y sentir sus manos recorrer todo mi cuerpo al ritmo de sus despiadadas embestidas, no me ayudaba a controlarme.
—¡M-mi... señor! —gemí enterrándole las uñas en la espalda—. ¡No más! ¡Ya no lo soporto!
Pasó la lengua a lo largo de mi cuello, hasta llegar al lóbulo de la oreja. Lo mordisqueó suavemente, arrancándome un grito.
—Tu piel e