Solo cuando Rosanna sintió los labios húmedos de su esposo besando su sien, comprendió que estaban los dos en la cama, a solas, y que ella llevaba una bata de seda tan fina que el roce del aire bastaba para erizarle la piel. El sonrojo le estalló en las mejillas, imposible de ocultar.
—¿Qué estás pensando, pervertida? —preguntó Rubén con esa voz rasposa que a veces sonaba como una caricia. Sus ojos entornados la observaban con una mezcla de ternura y picardía.
—¡Nada! —respondió ella con un sob