Como era de esperarse, ni Rosanna ni Violeta siguieron las indicaciones y terminaron jugando con entusiasmo en el suelo. Las risas de la niña llenaban la habitación como un eco luminoso, y por un momento, todo parecía sencillo. Rosanna creyó que podría resistir: solo estaba ahí, sentada sobre la alfombra mullida, moviendo muñecos de trapo y escuchando la vocecita dulce de su hija inventar historias.
Pero el cuerpo no perdona. El dolor empezó como un tirón leve, un zumbido sordo en la parte baja