Violeta se sentía en el paraíso mientras le enseñaba a su madre cuáles cubiertos usar con cada plato. Parecían dos niñas, sonriendo tontamente por cada cosa y murmurando con las narices arrugadas sobre las verduras que no les gustaron. Igual que en el momento del postre de su autoría, que disfrutaron repitiendo porción.
Rubén no podía dejar de reírse bajito al verlas. Su hija había ganado una hermana más que una madre. Pero esa dulce ignorancia de Rosanna le calentaba el pecho; su fragilidad at