La encontró de pie frente a la chimenea, lanzando al fuego las impresiones de la ecografía que esa tarde le había dejado en el escritorio.
—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo? —gruñó él.
—¿Acaso te importa? —respondió sin mirarlo—. Tu madre revisa mi sangre a su antojo, como si yo fuera una yegua de cría y tú no le dices nada. ¿Dudaban de que fuera tuyo? ¿Por eso era necesaria una prueba de ADN?
Rubén resopló, pasándose una mano por el pelo con fastidio.
—¿De verdad vamos a hacer un es