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Pablo, desde su estudio, su mirada puesta en las aguas del mar, pensó en una de las diferencias más representativas entre su natal Bogotá y el pueblo convertido en su nuevo hogar. Se trataba de la duración del día en tiempo de verano. Su reloj indicaba las siete, y estando en su país de origen se habría referido a esta hora como las siete de la noche, pero en la costa pacífica canadiense le pareció más exacto referirse a esta como las site de la tarde, teniendo en cuenta la luz del sol, todavía iluminando el paisaje como si se tratara de las cuatro de la tarde en su país. Sin embargo, agradeció el no verse obligado a esperar por el atardecer antes de verse nuevamente con su amada Aileen. Tan solo una hora lo separaba de escucharla tocando a su puerta, posiblemente llevando consigo una manta y algunos pasabocas.

Había utilizado la tarde para ir hasta el pueblo a conseguir una botella de vino tinto para la ocasión especial, para tomar una ducha, vestirse con unas bermudas y una cam
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