Pablo, los ojos abiertos como platos, llevó su mirada al rostro de quien había llegado con la joven rubia. La expresión de sorpresa de la muchacha griega no podría haber sido más elocuente, así mismo la de muchacha de Manitoba. En seguida, giró su cabeza para mirar a quien había estado besando durante los últimos minutos para encontrar un rostro acongojado.
–¿Aikaterina? ¿Cómo así? ¿Qué es lo que está pasando aquí? –preguntó de manera aireada la joven rubia.
–No lo sé –dijo Pablo–, pe