Pablo aún no lo podía creer: sintiendo la tibia cobija bajo su espalda, la proximidad de las llamas de la chimenea, el sonido de la lluvia y los truenos en el exterior, no paraba de observar el dulce y angelical rostro de Marize, quien dormía apaciblemente, su cabeza apoyada en su pecho. Había sido un momento de ensueño, algo inolvidable, la mejor experiencia de su vida en cuanto a mujeres se trataba. La ternura de la joven rubia había sido inigualable, la dulzura de sus besos y sus caricias