Le hubiese encantado meterse al mar y jugar con las olas. La temperatura había subido hasta el punto en el cual las heladas aguas no serían un impedimento para sentirse a gusto mientras refrescaba su acalorado cuerpo. Lamentablemente eran las cinco y media de la tarde y la playa había desaparecido permitiendo a las corrientes chocar contra la parte baja de los acantilados. Podría refrescarse con la brisa que corría en el balcón del faro, pero estaría aún más acalorada si trataba de ascender los