Todo estaba sobre la mesa; ni siquiera intentaba disimular.
Luciana sintió un cosquilleo incómodo en el corazón, pero dibujó una sonrisa ligera:
—Así que eres tú quien dice que no. Luego no me culpes si no cumplo con mi… obligación.
Siempre daba en el blanco. Él tragó su amargura y asintió:
—No te culparé.
—Bien. —Lo apartó suavemente—. Igual necesito bañarme; llegaste de sorpresa y no tuve tiempo. Dame diez minutos.
—Claro. —Él retrocedió—. Te alcanzo una muda limpia.
—Gracias…
Se disponía a bu