Luciana bufó en silencio.
—Ni una queja más —la atajó—. O te cargo hasta la calle.
Suspiró:
—Está bien. —Prefería mil veces caminar abrazada a él que protagonizar un espectáculo a plena luz del día y aparecer en los titulares de chismes otra vez.
Por suerte, el hospital estaba en pleno centro y la zona rebosaba de restaurantes.
Alejandro eligió una fonda mexicana de buen aspecto: sabía que Luciana disfrutaba el arroz blanco bien hecho.
Cuando llegaron los platillos, primero le sirvió una taza de