Luciana no conocía bien los pasillos del hospital, así que la jefa de enfermeras la acompañó hasta el módulo de seguridad.
Apenas cruzaron la puerta oyeron al guardia regañar:
—¡Le estoy hablando! ¡Entrégueme el celular!
Alejandro estaba recostado en la silla, una mano sobre el respaldo y los dedos largos tamborileando con parsimonia en la mesa. No soltó palabra.
—¡Oiga! —insistió el guardia—. ¿Está sordo?
Alejandro lo miró de reojo y siguió en silencio.
—¡Ya basta! —golpeó la mesa—. ¿Qué clase