Llegados a la puerta, Alejandro fue a girar el picaporte.
—¡Tío! —Alba lo detuvo con gesto solemne—. La maestra dice que no se entra al cuarto de una chica sin permiso.
—Tienes razón. —Él asintió con una sonrisa—. Fue error mío.
Alzó el puño y llamó. Nadie contestó.
—Debe de dormir muy profundo —murmuró Alba, aunque Alejandro se tensó: tan profundo no era normal.
—Cariño, quizá mamá esté indispuesta. Vamos a ver.
La niña dudó, pero la salud de su madre pesó más que la lección de urbanidad:
—Buen