A la mañana siguiente, el despertador fue lo único capaz de sacar a Alejandro del sueño.
La noche anterior se había acostado tarde con todo el ajetreo del banquete; para no molestar a Luciana, durmió en otra cabina.
Miró la hora: seguramente Luciana ya estaría con su abuelo y con Alba en el desayuno.
Se dio una ducha veloz, se cambió y salió deprisa.
Al llegar, vio a Miguel dándole de comer a la niña con esmero.
—Abuelo, buenos días. —Se sentó junto a él, barriendo el lugar con la mirada.
—Deja