Alejandro negó con calma.
—Puede que hayas crecido en el extranjero, pero entiendes de etiqueta. No lo desmentí para evitarte un papelón delante de la familia.
El mensaje era claro: demasiados testigos, por eso se quedó callado.
Juana palideció de golpe.
—Entonces… ¿quieres decir que… no sientes nada por mí?
—Exacto —confirmó él, tajante.
La respuesta era previsible, pero a Juana le temblaron las piernas.
—No, no puede ser… —insistió, buscando un resquicio—. ¡Yo lo sentí! Estabas interesado. No