—¿Eh…? —Su mente iba a la deriva; veía hasta tres Alejandros en su campo visual—. No… no tengo —gimió cuando él la apretó con más fuerza.
—¿No? —Su mirada ardía—. Entonces, ¿qué soy yo para ti?
—¿Tú? —Luciana lo miró aturdida—. Eres mi… patrocinador.
"Patrocinador."
Así que era eso. No era mentira.
—Vaya —murmuró Alejandro, como si la palabra le supiera amarga—. Tienes razón: soy tu patrocinador. —Sonrió sin pizca de ira, pero sus ojos se velaron con un pesar difícil de nombrar. Al fin y al cabo